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NOTICIA

Ya No Estoy Aquí: Migración, cumbia e identidad en México

Por Diego Iturbe

El pasado 27 de mayo fue estrenada en la plataforma de streaming, Netflix, la película mexicana Ya No Estoy Aquí. La cinta, filmada en Monterrey y dirigida por Fernando Frías de la Parra, ha sido galardonada con el premio a mejor película por el Festival de Cine de Morelia, así como por otros festivales culturales incluido el de Cine del Cairo, en Egipto. En esta obra el director nos muestra los rostros de la desaparecida subcultura autodenominada cholombianos, así como sus costumbres, ritos y la forma en la que estos jóvenes viven y se relacionan.

¿De qué va la película?

Semejante a la película chicana de culto Sangre por sangre (en cuanto a las temáticas de la migración y la cultura chicana), la cinta Ya No Estoy Aquí recrea dos líneas temporales diferentes que siguen a nuestro personaje principal, Ulises, un joven de 17 quien es integrante de la pandilla de los “Terkos”, los cuales no son más que un grupo de jóvenes y niños aficionados por las cumbias rebajadas, las fiestas sonideras y la cultura chicana.

La primera línea sigue al personaje por la ciudad que crece entre los cerros, es decir Monterrey, mientras que la segunda nos hace acompañarlo por las calles y barrio de Queens, Nueva York. La trama se centra en un conflicto donde los Terkos, se ven envueltos en problemas con un grupo de narcotraficantes, dicho conflicto lleva a nuestro personaje a migrar al norte. Ya No Estoy Aquí expone de forma atinada el tema de la migración generada por la violencia, así como los rostros de una cultura urbana extinta, todo esto al sonido de la cumbia rebajada.

Al sonoro rugir del cumbión

En México la cumbia colombiana encontró un segundo hogar. Con el paso de los años este sonido de orígenes afro-caribeños ha logrado desplazarse por todo el continente americano (sobre todo en Colombia, Perú, México y Argentina) hasta expandirse a países de habla no hispana.

A mediados de los años 50 y finales de los 60 en Colombia se vivió la “época dorada de la cumbia” con exponentes como Andrés Landero, Alfredo Gutiérrez y Lisandro Meza entre otros. En el caso de México (a mediados de los 50) la popular Sonora Santanera fue una de las primeras agrupaciones que trajo consigo una especie de fiebre tropical interpretando guajiras, guaguancos, rumbas, cumbias y hasta guarachas; sin embargo, la explosión de la cumbia colombiana en tierras mexicanas tiene un origen más cercano a los 60 y al nacimiento de la cultura chicana. Es a mediados de los 60 cuando los chicanos que obtenían esta música en los Estados Unidos la mandaban a sus paisanos de México por medio de discos.

Chicano es un término que se refiere a un estadounidense de ascendencia mexicana, empleado coloquialmente en Estados Unidos para referirse a los mexicano-estadounidenses

En una entrevista realizada por la revista Vice, Toy Selectah, ex integrante de Control Machete, nos habla un poco al respecto sobre los orígenes de la cumbia colombiana en México:

“La cumbia colombiana en Monterrey llega a través de los discos, definitivamente. A finales de los 60’s hay dos puntos claros (para que la música llegue a los mexicanos), el primero es de Colombia a la Ciudad de México y el segundo es de Colombia a Houston, Texas y de ahí a Monterrey.”

Ya para la década de los 70 esta música era más que popular en los barrios marginales de la capital de México, donde su ritmo fue adoptado por los sonideros. Un claro ejemplo de esto es Ramon Rojo (apodado “rey de reyes” en el mundo sonidero), quien funda en el año de 1968 el Sonido La Changa en el barrio bravo de Tepito. Años después, pero al norte del país, agrupaciones como el Súper Grupo Colombia, así como Celso Piña y su Ronda Bogotá se convierten en claros exponentes de la cumbia en Monterrey, ambos con gran influencia del sonido del acordeón en su música.

Es también en Monterrey donde se opta por rebajar las canciones (volverlas más lentas o “tumbadas”) con representantes como las bandas los Kolombia Lokos y Kombo Kolombia. Las cumbias rebajadas gozan de gran popularidad al norte del país, sin embargo, estas modificaciones al sonido original son rechazadas por los “puristas” de la cumbia.

La película Ya No Estoy Aquí es una obra que demuestra este arraigo que ha tenido la cumbia en la cultura mexicana. La música es un papel clave, ya no solo para la ambientación de las escenas, sino, también para la construcción de los personajes (en el caso de Ulises, este demuestra el deseo –siempre reprimido- de poder bailar cumbia), e incluso el desarrollo de la trama. Y aquí quiero hacer hincapié en un aspecto que me parece más que fundamental y destacable para el filme: la cumbia “Lejanía”, del autor colombiano Lisandro Meza puesto que esta composición funciona como leitmotiv para la historia. La canción aparece en tres ocasiones y se muestra como un eje guía para el progreso de la historia: la primera aparición ocurre cuando esta canción es interpretada por el nuevo integrante de los Terkos, El Sudadera, después de ser iniciado en la banda; la segunda ocasión que suena es cuando Ulises espera obtener dinero al bailar cumbia en el metro y la tercera vez aparece cuando regresa por la misma carretera a Nuevo León hasta llegar al funeral de su amigo Isaí, también integrante de los “Terkos”.

De esta forma la cumbia “Lejanía” es pieza clave pues en ella se habla de temas que también trata Ya No Estoy Aquí como lo son la nostalgia por el lugar de origen: “Cómo extraño mi sabana hermosa metida en la cordillera / Esperando que llegue la hora de regresar a mi tierra” o “Ay me da, qué tristeza que me da, me da / Me da la lejanía, ay me da/ Qué tristeza que me da, estar tan lejos de la tierra mía”, la migración: “Mi sabana se quedó esperando, que yo regrese algún día / Y por dentro yo siento el llamado que me hace la tierra mía” y la cultura entorno a la cumbia en México y Colombia: “en mi pecho floreció una cumbia de la nostalgia / Como una lágrima que se escapa”.

Cholombianos e identidad

La música tiene la habilidad de transportarnos a lugares y momentos, esto se produce puesto que la música genera una clase de experiencia cotidiana que los individuos relacionan con los espacios que habitan. Dicha experiencia se ve fuertemente influenciada por la música que los rodea, la cual nutre la identidad individual. Es decir, que la música crea conductas específicas, nos hace parte una comunidad y nos permite generar lazos afectivos hacia un lugar lo cual nos dan un sentido de pertenencia. Sin embargo, esto no ocurre de manera fortuita, sino que depende de situaciones sociales, económicas y políticas, de contextos específicos en los cuales la música se produce y consume.

Con respecto a las producciones musicales, Ferdinando Armenta, en “Transgresión y autorreferencia. Un acercamiento etnográfico al disfrute de narco corridos desde una ciudad del norte de México”, nos dice que la música:

“Traduce una serie de acontecimientos que transcurren en el horizonte cotidiano en datos sensibles: es una urdimbre que entrelaza el marco sonoro de un grupo social con las emociones de sus actores, confiere sentido a las prácticas y en ese sentido contribuye a su integridad social.” (pp. 14)

Como se ha mencionado anteriormente, en Ya No Estoy Aquí el sonido de la cumbia va más allá de conformar el soundtrack puesto que para el movimiento contracultural cholombiano esta música es sin duda algo más que un género, es el catalizador de diversas culturas en su mayoría marginadas. Es necesario mencionar que la discriminación hacia los cholombianos no es un caso aislado ya que la cultura alrededor de la cumbia ha cargado siempre con un estigma social (incluso en su país de origen, Colombia) pues comúnmente es relacionada a la pobreza ignorancia y delincuencia.

Lo cierto es que a mediados del Siglo XX esta música fue desplazada por los provincianos que migraban a las ciudades en busca de trabajo y que a diferencia de otros géneros como el pop o el rock la cumbia no ha nacido de grupos hegemónicos sino más bien con el pasar de los años ha logrado consolidarse de una manera única por las clases populares latinoamericanas, en este sentido es posible decir que la cumbia es un símbolo de resistencia social.

El documental Yo No Soy Guapo (2018) es un trabajo sobre la situación actual del movimiento sonidero en la CDMX, dirigido por Jocelyn García, este largometraje expone la reciente prohibición que han sufrido los sonideros en la capital de México. Dichas prohibiciones, mencionan las autoridades, son debido a que en los eventos han ocurrido percances relacionados a la violencia y el uso de sustancias nocivas para la salud, así como con nexos relacionados a la delincuencia organizada. A pesar de todas estas problemáticas la popularidad de la cumbia no ha cesado y un claro ejemplo de esta aceptación del sonido en el folclor mexicano es el nacimiento contracultural de los cholombianos, pero a esto, ¿Quiénes son ellos?

Amanda Watkins, fotógrafa inglesa, se dedicó durante cuatro años, a seguirle el paso a este grupo de jóvenes apasionados por la cumbia. Dicha documentación finalizo en el libro titulado Cholombianos (Trilce Ediciones, 2014), así como en una exposición fotográfica en Londres y en el Museo de la Ciudad de México. En relación al nacimiento de esta subcultura Samantta Hernández Escobar no dice que:

“Durante la primera década del siglo XXI, lo que surgió por el gusto de un grupo de chicos del norte de México por la cumbia colombiana, culminó como uno de los movimientos juveniles más representativos del país. Los denominados “cholombianos” –por la combinación del estilo de vida de los cholos chicanos de California, Estados Unidos, y la adaptación de la cumbia colombiana a ritmos locales– fueron por mucho tiempo uno de los sectores con mayor marginación dentro de la sociedad regiomontana.”

(Cholombianos de Amanda Watkins)

De entre la características más representativas de esta contra cultura es posible destacar su vestimenta (ropa tumbada semejante a la del chicano aunque con variaciones especifica como los escapularios e imágenes religiosas), la forma en la que hablan (“recio”, también con influencias del caló), la música que escuchan, el peinado y la forma de bailar.

De esta forma Ya No Estoy Aquí funciona como un registro antropológico, escenas como el video de un Ulises de cuatro años bailando, a los “Terkos” cantando cumbias, bailando y pasando el rato o la iniciación de “el sudadera”, logran visibilizar el modo en el que esta cultura se desarrolla y convive. A su vez la cinta también expone la marginación ejercida hacia ellos (semejante a la criminalización que vivió la cultura punk aunque con tintes raciales) y la violencia como una causa de migración de México a los Estados unidos. Cabe mencionar que la película fue ambientada en el año 2011, el cual fue catalogado en México como unos de los más violentos.

Al igual que el poema épico de Homero, Ya No Estoy Aquí nos narra la historia de Ulises, quien emprende una odisea de regreso a su lugar de origen. Para Ulises la música y su tierra son aquello que lo conforma, para él bailar es una forma de catarsis, de desfogue ante su realidad. La cinta de Fernando Frías más que mostrar el estigma generado alrededor de la cumbia busca reivindicar a este sonido que dota de identidad a los extintos cholombianos.

Véase en: Cholombianos desde la mirada de Watkins, Samantta Hernández Escobar, Revista Gatopardo. 

La jerga del “caló” o “chilango” empezó a ser utilizada en el ámbito social de los barrios, donde se comenzó a darse una mezcla entre esta y otros lenguajes similares. Un claro ejemplo son las muchas películas de los años 40 y‘50, es decir la denominada edad de oro del cine mexicano, en donde este lenguaje sonaba en la boca de personajes como“Pepe el Toro, Tin Tan y más tarde Resortes. En los años 70, también en la industria cinematográfica mexicana, la producción de películas basadas en historias de barrios pobres y “centros de diversión nocturna” dio paso al conocido cine de “ficheras” donde también fue muy recurrente el uso de esta jerga. Otro ejemplo de uso de este lenguaje está presente en la canción “chilanga banda” de Café Tacvba en la época de los 90.

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