Fotos: Lulú Urdapilleta
Por: Felipe Corrales
En un recinto acostumbrado a espectáculos elegantes y butacas formales, The Hives convirtió el Teatro Metropólitan en un campo de batalla de garage rock. Desde el primer golpe de “Enough Is Enough”, la banda dejó claro que no venía a domesticar su sonido para un teatro, sino a invadirlo.
El contraste entre la solemnidad del lugar y la ferocidad del grupo hizo que cada canción se sintiera más intensa, como si el espacio apenas pudiera contener la explosión de volumen y actitud.



El eje absoluto de la noche fue Pelle Almqvist. Su energía, ya legendaria, en este formato se sintió casi personal. No era la figura lejana de un festival; era un frontman a pocos metros, retando al público, bromeando, ordenando movimientos y dirigiendo la euforia con precisión quirúrgica. Cada gesto exagerado, cada discurso entre canciones y cada salto parecían diseñados para borrar la distancia entre escenario y butacas. El teatro, lejos de enfriar el show, amplificó la sensación de cercanía.
Clásicos como “Walk Idiot Walk”, “Main Offender”, “Bogus Operandi” y “Tick Tick Boom” funcionaron como detonadores colectivos. La banda sonó afilada, rápida y sin margen para el respiro, sosteniendo una tensión que creció hasta el encore. Cuando regresaron con “Legalize Living” y cerraron con “The Hives Forever”, el Metropólitan ya no parecía un teatro: era un coro masivo, sudoroso y rendido ante una banda que entiende el rock como espectáculo total.
Fue un show íntimo en el sentido más poderoso de la palabra: no por ser pequeño, sino por sentirse directo. The Hives demostraron que su teatralidad natural no necesita estadios para imponerse. En un espacio cerrado, su caos se vuelve más palpable, más humano y, sobre todo, más electrizante.










