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NOTICIA

[Reseña] FESTIVAL DE PICKATHON. Tres días en un paraíso Hippie.

Texto y Fotografías por Carlos Dávalos
@davalos

No cabe duda que los festivales se han convertido en un nuevo formato para conocer, escuchar y ver  música nueva. Igualmente sirven para tener una probadita de escenas, ciudades o conceptos que, por la ortodoxia del mundo musical en el DF, tardan mucho en llegar, o por lo menos, en llenar un foro de capacidades decentes.

Existen los eventos de la corriente principal, en donde podemos colocar al Festival de Coachella, Bonnaroo en el estado de Tennessee, Lollapalooza en Chicago y a lo mejor los que suceden en Austin, Texas. Igualmente en México tenemos el tradicional Vive Latino y ahora el Corona Capital. Sin embargo, tanto en los circuitos internacionales como en México, existe una segunda tanda de festivales que son más accesibles y que generalmente tienen actos más arriesgados o con menos fama o trayectoria. Incluso festivales que únicamente se dedican a un sólo género musical como Rock The Bells, Mutek o Cha’Ak’Ab Paaxil, que sucede en el estado de Yucatán.

El pasado 3, 4 y 5 de agosto, afuera de Portland, Oregon, al noroeste de Estados Unidos, se llevó a cabo la edición número 14 del Festival de Pickathon. Un evento que congrega alrededor de 7,000 personas entre todos los que compraron su boleto, los músicos y todo el ejército de voluntarios que se dedican a la organización (Coachella, simplemente de asistentes, junta alrededor de 80,000. Unas 12 veces más grande).

El terreno es de alrededor de 32 hectáreas y el 70% es bosque completamente virgen. Hay caminos de tierra que conectan todas las áreas de campamento y la gente también los utiliza como pequeñas calzadas para caminar por la mañana o después de comer. Pickathon siempre ha sido un evento familiar, la asistencia de niños entre 7 y 13 años probablemente junte un 30% de todo el festival. Además, la filosofía de los organizadores y la propia cultura de la zona, lo han construido con todas las posibles herramientas de sustentabilidad: Todo corre con energía solar y no hay un solo vaso, plato, utensilio o botella desechable. Todo lo pone Klean Kanteen, una compañía que patrocina el evento y que se dedica promover el NO uso del plástico industrial.

 

La comida también trae mención honorífica. Todo viene de cocinas, cervecerías, granjas, huertas, reposterías y restaurantes locales. En absoluto existe el patrocinio incómodo e invasor de corporaciones refresqueras trasnacionales o bancos o compañías de telefónica y comunicación. Y los precios tampoco son manchados. Entonces digamos que todo queda entre familia. Tanto la energía del festival, como la curaduría de las bandas y la conducta de los asistentes, mantienen un perfil lo suficientemente bajo como para llamar a Pickathon el festival más íntimo de todo el verano.

 

El Woods Stage, por ejemplo, es un pequeño escenario metido en la ingle del bosque y que todos, tanto los asistentes como las bandas (cargando sus instrumentos junto a todos), caminan un buen pedazo de coníferas tupidas para poder llegar. El set de los Cave Singers ahí, en la tarde del sábado, fue un momento muy cercano a la perfección de la ejecución en directo. La gente no dejaba de bailar sobre el lodo, las voz nasal de Pete Quirk retumbaba en la barrera de pinos que resguardan el espacio del escenario y el sudor de absolutamente todos, bajo un sol de 30º C, detuvieron el tiempo un ratito. Fue un momento bastante mágico, patrocinado por la banda que tiene, en mi opinión, el mejor disco de (Bourbon) rock de los últimos 12 meses.

Queda claro que la prioridad para los organizadores son los asistentes. Todos los horarios están pensados de manera que nunca se empalman y absolutamente todas las bandas del festival tienen 2 presentaciones a lo largo de los 3 días. Además no hay headliners, es un cartel integrado de manera horizontal y que no voltea a ver el circuito de festivales del verano para ver que “debe” incluir en su alineación.

Y aunque el festival esta recargado en las tradiciones y sensibilidades del folk, el bluegrass y por momentos el country rock, sin duda ahora empiezan a integrar actos que representan regiones completamente distintas. Como el rock ponchado y mareado de Bombino, de la región de Tuareg en África; o expresiones musicales atípicas para el contexto, como Los Cojolites de Veracruz, que tocan puro son jarocho con todo y fandango, jaranas y leonas.

Las bandas que generaron más ruido a lo largo de los 3 días fueron:

 

Thee Oh Sees. Un cuarteto de garage rock san franciscano que lleva más de 10 producciones y que tienen más poder que una locomotora sin frenos. El carisma de John Dwyer, su vocal, y la presencia de Petey Dammit, guitarrista, sin duda generan momentos de psicodelia punk que bien podrían tener un motín urbano de fondo.

The Cave Singers. Después de firmar en Jagjaguwar, su disco No Witch, producido por Randall Dunn (Sun O))), Boris, Black Mountain) es uno de los madrazos más sólidos que el rock crudo y sencillo ha tenido en los últimos meses. Nueva esperanza para el rock de power trío. Los movimientos de Pete Quirk y su voz aguda, montada sobre boogie beats y riffs más pegajosos que un chicle bombita de plátano, son elementos básicos pero contundentes. No falta nada.

THEESatisfaction. Dos chicas negras de Seattle que se montan sobre bases que disparan ellas mismas. Una canta y la otra rima. Además hacen coreografías con motivos feministas y sus líricas, tejidas sobre un afro-centrismo sci-fi influenciado por el soul y el r&b de los 70, sin duda sacaron al festival de su rumbo musical por un par de horas.

Y La Bamba. Originarios de Portland, con Court The Storm, han generado un aura folk vestida con arreglos latinos de una delicadeza bárbara. Luz Elena Mendoza, vocalista y líder, tiene una energía lo suficientemente imponente como para llenar un auditorio ella solita. Increíble voz de mielesita silvestre.

Street Lake Dive. Virtuosos del pop. Se han auto catalogado como una banda de free country. Los arreglos y la dupla vocal de Rachael Price y Bridget Kearney, colocadas sobre la batería de Mike Calabrese y la trumpeta y guitarra de Mike “McDuck” Olson, generan un pop delicado y libre. Su set en el Workshop Barn (no más de 80 personas) fue un momento de pop boutique en medio del bosque.

Sin duda el Festival de Pickathon representa una increíble alternativa para toda la gente del DF que le gusta la experiencia rústica del festival. Aunque es un poco más lejos y quizá más caro, bien vale la pena visitar Portland unos días y luego cerrar con el festival (30 minutos del centro de Portland camiones dedicados exclusivamente a transportar sin costo a los asistentes).

Entusiastas que les gusta la mugre, la tierra, andar descalzo y sin bañarse, Pickathon podría representar una versión bastante cercana del colectivo imaginario que todos tenemos del mundo verdaderamente hippie. Anímense.

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