Fotos: Óscar Villanueva
Por: Silene Riviera
Tuvimos la suerte de lanzarnos a la edición 27 del festival Essaouira Gnaoua y Músicas del Mundo del 25 al 27 de junio. Durante 3 días la ciudad de Essaouira reunió a 460 artistas, 43 maâlems, pensadores, músicos jóvenes y público de todo Marruecos y el mundo con la convicción de que las tradiciones realmente importan cuando continúan relacionándose con su tiempo. Este año más de 300,000 personas llenaron las plazas, murallas, callejones y escenarios convirtiendo a la ciudad en un espacio para compartir donde la música circulaba libremente.









El aroma a incienso empezó a inundar el ambiente. Los sonidos de las qraqeb comenzaron a distinguirse entre el barullo de la gente que se reunió en calles, balcones, ventanas y hasta azoteas de la Medina. A lo lejos se distinguen los múltiples colores de los estandartes del contingente que abre el desfile de maâlems del festival. La pequeña Medina de Essaouira pasa a otra dimensión a través del olor, la música, el baile y los colores de las gandoras bordadas que portan los gnaouis. Más que sólo un desfile, es un ritual que abre la puerta a lo que serán los siguientes días llenos de música, tradición y encuentro. Es así como nos recibe el festival Essaouira Gnaoua y Músicas del Mundo.







Por la noche tocaba ir al escenario principal Moulay Hassan ubicado en la plaza que lleva el mismo nombre. El concierto de apertura es una propuesta de unión entre diferentes tradiciones musicales al ritmo de gnaoua. El Maâlem Mehdi Nassouli, conocido por su estilo enriquecido en las tradiciones del sur de Marruecos y su espíritu aventurero en cuanto a mezcla de géneros, fue el elegido para unir su arte con el multinstrumentista de vientos Sylvain Barou, las voces de la marroquí Sara Moullablad y la indoamericana Ganavya, junto a la tropa I Buhoro de Ruanda (que presentó una danza tradicional intore) crearon un momento musical único para esta edición del festival. A este primer concierto le siguió la presentación del Maâlem Mohamed Kouyou. Kouyou inició su vida como gnaoui desde muy temprana edad yendo a lilas con su madre, hasta convertirse en el gran maestro que pudimos escuchar. A él lo pueden encontrar en su propio Boiler Room junto a Biosphere y James Holden en otra combinación improbable de música dialogando.
Del festejo masivo pasamos a Bayt Dakira uno de los escenarios íntimos. Situado en un antiguo Riad en la Medina, este sitio guarda la fusión y memoria de la comunidad judío-marroquí. Fue el lugar perfecto para escuchar a los Maâlems Khalid Izoubaz y Moulay El Tayeb Dhibi. El formato de los conciertos íntimos está inspirado en las Lilas (ceremonias gnaoua) donde la comunicación con la energía de la gente y la improvisación son el motor guía de los maestros. Y precisamente nos regalaron una sesión que hizo bailar y sobre todo sentir a un ritmo compartido.









Con la intensidad de la sesión todavía resonando, volvimos a recorrer la Medina rumbo al escenario Moulay Hassan para el último espectáculo de la noche. Aquí presenciamos uno de los actos más esperados: Hoba Hoba Spirit. Su concierto estuvo repleto, nadie pudo quedarse quieto y nadie pudo parar de cantar. Ellos definen su música como haiha en darija (árabe marroquí) que se traduce como locura festiva, celebración desinhibida, el estado de fiesta caótica y divertida. Y precisamente haiha es lo que producen en la gente, cantando sus clásicos que para viejas y nuevas generaciones representan parte de una identidad única. El rock y el punk son completamente apropiados, al fusionarse con ritmos tradicionales marroquís rematando con letras políticas y lúdicas. Nosotros tenemos Sudamerican Rockers ellos nos dan Marock’n Roll.
Algo que destacar del festival Essaouira Gnaoua y Músicas del Mundo es que mantiene los dos escenarios grandes de acceso libre, además de varios eventos como el Foro de Derechos Humanos y el Árbol Parlante. En este último se da la oportunidad a quienes asisten de escuchar y profundizar en ideas y reflexiones de algunos artistas del festival. Así que decidimos ir a la terraza del Instituto Francés de Essaouira a escuchar un poco más de Meryem Aassid. Ella nos habló de la preservación y transmisión de lo amazigh (pueblos originarios del norte de África) en sus letras y música. Además, realizó una pequeña presentación donde la escuchamos antes de su concierto al día siguiente. También tuvimos la oportunidad de escuchar un poco del Maâlem Mokhtar Gania, conocido por sus exploraciones sonoras ancladas en una profunda tradición familiar gnaoua.






En Borj Bab Marrakech, una torre del siglo XIX convertida en galería y su impresionante terraza de 35 metros de diámetro en escenario, pudimos escuchar a la maravillosa Ganavya. Su presentación íntima y relajada nos hizo transitar entre la emoción y la belleza, con un set de canciones que incluyeron Land, un poema del palestino Suheir Hammad y Not a Burden, una canción de cuna que escribió para su madre. La voz de la neoyorquina criada en Tamul se alimenta de la tradición harikathā (un arte de contar historias de la India que combina música, poesía y filosofía) que ha sido transmitida a ella a través de generaciones. Este bagaje además de los varios estudios en música que ha realizado a lo largo de su vida le permiten explorar y crear paisajes sonoros impresionantes. Después de tener el cielo azul lleno de gaviotas volando como fondo, la tarde empezó a caer y los colores a transformarse, es ahí que comenzó el dúo padre-hija conformado por el Maâlem Rachid Hamzaoui y la Maâlema Asmaa Hamzaoui. El maâlem Rachid crio a su hija dentro de la tradición del gnaoua, comenzando Asmaa desde temprana edad el camino para convertirse en maâlema, un lugar tradicionalmente reservado para los hombres. Tuvimos un concierto donde la complicidad de ambos era palpable, la terraza se encendió como el atardecer de fondo y los sonidos del guembri y las qraqeb cobraron fuerza.
Cuando terminó la tarde en Borj Bab Marrakech, cruzamos nuevamente la ciudad hacia Moulay Hassan, donde nos esperaba Richard Bona. Nos presentó un repertorio musical jazzero con ecos de sonidos afrolatinos que nos mantuvo cautivos y bailadores. La marroquí Asma Lmnawar cantó dos canciones con él, que no terminaron de llenar la expectativa del público de una verdadera fusión de estilos. Al terminar siguió el Harlem Spirit of Gospel que definitivamente nos llevó a la iglesia con su música y sobre todo su canto en el que alcanzaban notas que te hacían ver la luz. El recibimiento del público fue increíble y sólo se paró de bailar en un par de baladas. También ellos presentaron una fusión con gnaoua a cargo del Maâlem Mehdi Qamoum. Este fue un encuentro de dos visiones espirituales a través la música con harto ritmo y poder.
La jornada terminó junto al mar, en el Beach Stage, un escenario gratuito dedicado a artistas emergentes, proyectos híbridos y propuestas musicales en constante movimiento. Lo que nos esperaba allá era el colectivo jordano-palestino 47SOUL. Un trío que define su género como shamstep, una mezcla de hip-hop, reggae, sintetizadores, dabke, sonidos del levante y letras cargadas de conciencia social mezclando árabe e inglés. Su concierto fue un llamado a la vida y la dignidad a través de la música.










Y llegó el último día del festival, el equipo ya estaba cansado así que antes de las actividades aprovechamos otro gran aspecto del festival: el mar de Essaouira.
Por la mañana hubo la última sesión del Foro de Derechos Humanos que se centró en una juventud que ha crecido en un mundo en constante crisis y cómo a través de las visiones que han desarrollado se puede comenzar a construir sociedades más libres, no sólo pensar el mundo también escucharlo. Sobre esto Neila Tazy, la productora del festival reflexionó “no hay libertad sin la juventud, porque es la juventud quien, con cada generación, reinventa lo que significa ser libre”. En cuanto a la asociación del festival con la Universidad Politécnica Mohammed VI y su Instituto de Estudios Avanzados se habló del arte del Gnaoua no sólo como una tradición a ser preservada sino como un cuerpo vivo de conocimiento moldeado por memoria, diáspora, trance, ritual, curación y creación. Una fuerza poderosa que ofrece un lenguaje para cuestionar intercambios, identidades y mundos en movimiento. En el Árbol Parlante, Carlinhos Brown, para nuestra feliz sorpresa, estaba compartiendo en español. Escuchamos sus reflexiones alrededor de la importancia de los conocimientos tradicionales en el arte y la música como puentes hacia los otros, resaltando el papel que han jugado los músicos en tenderlos.
A media tarde una vez más teníamos al cielo y las gaviotas como fondo en Borj Bab Marrakech, donde la increíble Yasmine Hamdan brindó una sesión cargada de un sonido oscuro al tiempo que delicado. Hamdan entrelaza ritmos del levante, sonidos electrónicos, poesía y voz. Escucharla en vivo deja en claro el por qué es una leyenda en la escena indie libanesa. Pero el momento más increíble fue cuando invitó a un grupo de jóvenes gnaouis a tocar las qraqeb mostrando su habilidad de fusionar sonidos tradicionales con música contemporánea. La sesión en la torre volvió a cerrar con un dúo compuesto por el Maâlem Najib Oubelquas y Hind Ennaira. Quiénes ofrecieron un concierto lleno de energía que terminó con la luna de fond. Tuvo un setlist que buscaba rendir homenaje a los gnaouis y particularmente al fallecido Maâlem Mustapha Baqbou.
Para cerrar el festival decidimos instalarnos en Moulay Hassan. Llegamos a tiempo para escuchar parte de la Residencia Artística de esta edición del festival, es decir se formó una banda compuesta por el Maâlem Hassan Boussou, el trompetista Alexandre Herichon, el guitarrista Mohamed Derouich, el saxofonista Jacques Schwarz-Bart, el bajista Cheikh Ndoye y la voz de la fantástica Meryem Aassid. Juntos trabajaron durante un tiempo en desarrollar una presentación única a esta edición del festival, el resultado fue una fusión vibrante de funk, jazz y gnaoua. Les siguió el divertidísimo brasileño Carlinhos Brown quien estaba acompañado por un grupo de percusionistas que nos brindaron un concierto lleno de ritmos latinos, africanos y caribeños con los que la audiencia conectó de inmediato. Después de un rato de baile llegó el momento del concierto fusión de Brown con el Maâlem Hamid El Kasri. Ambos lograron crear un momento icónico en el que las percusiones latinas dialogaban con las qraqeb de manera natural. Finalmente llegó el último concierto de la noche que cerraba el festival hasta el siguiente año, el escenario estaba repleto y expectante ante la salida del legendario Maâlem Hamid El Kasri que desde el inicio de su set mantuvo literalmente a chicos y grandes coreando canciones famosas como Moulay Ahmed y Hamdouchia. El concierto de cierre de alguna forma simbolizó el poder del gnaoua de trascender generaciones y mantenerse vivo a pesar de haber nacido en la marginalidad. El Kasri más que presentarse ante un público, guio un ritual que cerró el portal de manera espectacular.
El Festival Gnaoua y Músicas del Mundo confirma en su edición 27 que la tradición permanece viva cuando es capaz de dialogar con el presente. Durante tres días, Essaouira se convirtió en el escenario donde sucedieron encuentros entre generaciones, culturas y formas de entender el mundo. El patrimonio se transforma al entrar en contacto con nuevas voces, mientras la creación contemporánea encuentra en él una fuente de inspiración. El festival demuestra una vez más que la música puede seguir siendo un lenguaje común capaz de abrir conversaciones, tender puentes y mantener vivas las memorias compartidas.







